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Mostrando entradas de abril, 2026

Sin quitarse el mono

Alfredo, el señor limpiacristales, que enjabona por dentro el escaparate, lo aclara, lo seca. Cuando lo ha apañado, coloca él mismo el expositor, con sus bolsos, sus maniquíes, su bisutería. Con impecable trabajo, sin ser su faena. Y sin quitarse el mono. Esta es su ceremonia. No es que pretenda ser en realidad escaparatista, diseñador o vendedor en una tienda. Pero disfruta tanto o más con la restitución de los objetos al otro lado del vidrio. Es como si esa fase fuera parte imprescindible de su oficio. Él limpia un cristal para que resulte cómodo a los transeúntes el observar a través del mismo, para que puedan ver sus futuras prendas, sus regalos favoritos. Luego, el objetivo de Alfredo es el de dar máxima claridad desde el cristal hasta donde se pierda la vista, no vaya a ser que quite cada mota, cada releje, cada mancha, cada mano apoyada y resulte que no ha cuidado más allá, que hay algo mal colocado, que su transparencia deja ver entonces desperfectos, incoherencias...   Así...

Sábados

Sucedió que pasó que ocurrió que de repente, sin previo aviso ni explicación, vinieron dos sábados seguidos. Era un curioso acontecimiento que los expertos habían comentado, la verdad, en algún simposio, de fin de semana, acerca de la dilatación de no se qué partículas de un ecosistema dado que, no sé, yo no estuve allí. A mí me lo contaron, pero entre otras cosas que dijeron, en una conversación tras otra y sobre otra, en algún bar ruidoso y bullicioso. De este bar sí que me acuerdo: qué pinchos, qué saber decorar, qué buena música, aunque no se escuchara bien. Al lío: que tras un sábado se vino otro.  Y la gente — ¿Pero cómo? ¿Otra vez sábado? Tenía planes para este domingo, que supongo, será mañana— , y a algunos les tocó ir a trabajar de nuevo. Y mira, adelantaron faena para el lunes pues habían hecho ya mucho el sábado anterior, ayer. Y algunos otros fueron a otros parques y a otros museos. Y mira, les vino bien conocer y visitar otras expos y pasear rincones poco frecuentados...

Eso está hecho

El hombre entra, saluda y se sienta en un taburete, en la barra. Agarra el periódico. Y, como siempre, contempla el gesto de Alfredo. Ese gesto. Lo hacen algunos o la mayoría de los camareros más curtidos. Este cliente cree firmemente que lo que hace su camarero —que es lo más de lo más— se trata de un gesto de seguridad que delata que es bueno, muy bueno. Que todo saldrá bien con él. Y ahí va otra vez Alfredo: tranquilamente, después de confirmar los deseos del hombre —café con leche y un bollito—, apoyado en la barra, realiza un breve y sutil despegue. Con un «venga» explícito o implícito, presiona levemente sobre el tablero y se impulsa hacia la máquina de café, la cocina, donde tenga que ir. Se lanza a su cometido, se va a hacer feliz al cliente. Es como una suave insinuación, una afirmación con todo el cuerpo. Como diciendo —Eso está hecho, vamos allá.    

Tres. De la serie Guiones (y Uno de la serie Calamidades Domésticas Insulsas)

Dejó de dormir. Y es que la cosa había ido a peor. Peor, por no dormir. Dormía cada vez menos desde que el mundo le resultaba más interesante. Prestar atención a cada noticia, acontecimiento o descubrimiento inspirador, favorecía que el cuerpo tardase en desconectar. La serotonina aparecía por la puerta al mismo tiempo que la melatonina terminaba derrotada, desterrada, confinada a... otro lugar del cerebro. Necesitaba aburrirse más. Mientras su alrededor fuera sugerente, no habría más noches, aunque sí más tiempo para crear. Y lo que hizo fue crear historias insulsas. Volcó su creatividad sobre la pantalla y se esforzó en narrar estúpidos cuentos anodinos y redundantes. Eliminaba todo dato de interés, desvelaba pronto el final e incluso a veces ni lo escribía. No, no eran finales abiertos, era hacer mal las cosas. Sus acciones, escenarios y personajes eran menos interesantes que la peor charla de ascensor. Leía sus escritos cada noche una y otra vez, con un monótono y pedante tono. Cua...

Agarrado a la vida

Llegó con un regalo. Estaba muy delgado el hombre. Saludó educadamente, se adentró en el vestíbulo, la etiqueta exigía traje y corbata pero también descalzarse en el recibidor. Todos los invitados lucían, dentro del salón, unas zapatillas de hotel color burdeos. Él no había soltado aún su presente, lo sujetaba con ambas manos, como si se lo fueran a arrebatar. Terminada la fiesta quiso largarse portando las babuchas prestadas, todavía con el paquete apretujado entre sus dedos. Y lo hizo. Se fue a su casa sin sus zapatos, con un autorregalo sobado. Cuando le llamó el cumpleañero, el flaco se excusó con extrañeces, negó toda culpabilidad, pese a que el colega le había telefoneado para saber si se encontraba bien. Le agradeció además su regalo que, aunque calzaba tres números más, ya los usaría con calcetines gordos, que todo bien, que gracias por los zapatos. Mientras tanto, el extraño tipo no era capaz de desprenderse de la cajita del lazo. Acabó, muy poco tiempo después, por organizar ...