Sin quitarse el mono
Alfredo, el señor limpiacristales, que enjabona por dentro el escaparate, lo aclara, lo seca. Cuando lo ha apañado, coloca él mismo el expositor, con sus bolsos, sus maniquíes, su bisutería. Con impecable trabajo, sin ser su faena. Y sin quitarse el mono. Esta es su ceremonia. No es que pretenda ser en realidad escaparatista, diseñador o vendedor en una tienda. Pero disfruta tanto o más con la restitución de los objetos al otro lado del vidrio. Es como si esa fase fuera parte imprescindible de su oficio. Él limpia un cristal para que resulte cómodo a los transeúntes el observar a través del mismo, para que puedan ver sus futuras prendas, sus regalos favoritos. Luego, el objetivo de Alfredo es el de dar máxima claridad desde el cristal hasta donde se pierda la vista, no vaya a ser que quite cada mota, cada releje, cada mancha, cada mano apoyada y resulte que no ha cuidado más allá, que hay algo mal colocado, que su transparencia deja ver entonces desperfectos, incoherencias... Así...