Eso está hecho
El hombre entra, saluda y se sienta en un taburete, en la barra. Agarra el periódico. Y, como siempre, contempla el gesto de Alfredo.
Ese gesto. Lo hacen algunos o la mayoría de los camareros más curtidos. Este cliente cree firmemente que lo que hace su camarero —que es lo más de lo más— se trata de un gesto de seguridad que delata que es bueno, muy bueno. Que todo saldrá bien con él.
Y ahí va otra vez Alfredo: tranquilamente, después de confirmar los deseos del hombre —café con leche y un bollito—, apoyado en la barra, realiza un breve y sutil despegue. Con un «venga» explícito o implícito, presiona levemente sobre el tablero y se impulsa hacia la máquina de café, la cocina, donde tenga que ir. Se lanza a su cometido, se va a hacer feliz al cliente. Es como una suave insinuación, una afirmación con todo el cuerpo. Como diciendo —Eso está hecho, vamos allá.
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