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Mostrando entradas de julio, 2026

Sesión discontinua

Llegaremos a Cabaniellas en unos 10 minutos  —suena la megafonía. Habremos recorrido la mitad del camino, estamos en el punto medio del intervalo estival. La ruta es el propio verano. Bueno, y las películas, claro, veremos tantas como nos permitan. Atardece y nuestro autobús recorre la sinuosa carretera de una de esas laderas espesas de verde y vaho, una de esas pendientes en las que, tensa, no puedes dejar de mirar abajo, de las que no paras de pensar en si el imprevisto o el arrebato humano de la conductora te precipitarán al abismo. Inés y yo debemos llevar unas dos horas sin hablar. Esta vez no nos hemos enfadado, es la mudez del desarraigo, un tiempo de reposo para nuestros cerebros; la última visita del viaje no ha resultado nada fácil de incorporar a nuestro diario, debe estar pensando en ello, como hago yo. Esta mañana hemos ido a un pueblo que costaba ubicar en el mapa, un lugar para alimentar muchos recuerdos nuevos de aquí al futuro. Solo se podía llegar caminando, tras ...

Homenaje a los descansos

La familia Ainsworth hacía ocasionales homenajes a los descansos. Consideradas de primera necesidad y gozo extremo las pausas, acometían con gran júbilo sus ceremonias. Había una contrariedad. Pues, aparte de los descansos propiamente dichos, no existía ni un minuto libre al día para homenajear nada. Y claro, si haces un descanso para homenajear el descanso mismo, se colapsa el Universo en una absurda redundancia nefasta. Así que iban alternando estrategias, un poco delictivas, eso sí. Jules, el mayor, propuso que los martes y los jueves lo harían durante la siesta del borrego. Al ser un descanso extra del día, dormían un rato y, otro rato, celebraban. Los miércoles y viernes canturreaban alabanzas y vítores mientras se ocupaban de sus queaceres laborales, como sugirieron Emily y Arthur, los papis. Los fines de semana eran más flexibles, sobre todo el domingo, que aprovechaban los oficios para pensar en sus cosas, en sus fiestas de descanso; daban las gracias, aunque no a Dios. A ver, ...

Vivir sin medida

Llegaría a cocinar cincuenta y ocho formatos de croissants —pronúnciese  «cruasáns» —, refiriéndonos al tamaño. Exacto, algo muy preciso. Desde entonces ya no habría un croissant pequeño y uno grande. O, ni siquiera, unos mini u otros gigantes. Estos existirían, obvio, pero habría otros cincuenta y cuatro más. Tendríamos que elegir según el hambre que tuviéramos o la gracia que te hiciera su tamaño y número: —Póngame un dieciséis. Es que con el diecisiete me voy a pasar. De mayor quiero seguir siendo flaco —diría el cliente. Y pensar que solo habría una diferencia de tres o cuatro milímetros... Inapreciable y ridículo. Eso sí, el expositor del despacho luciría un degradado de piezas memorable. En el taller verías a ese panadero pesando cada mondongo esponjoso, como buen orfebre de la perfección, gran meticulosidad en la masa, una bollería única, no-industrial, operada en una mesa larga, con una regla numerada para no pasarse. Y ocurriría —momento incómodo—, que saldría una pieza en...