Sin quitarse el mono



Alfredo, el señor limpiacristales, que enjabona por dentro el escaparate, lo aclara, lo seca. Cuando lo ha apañado, coloca él mismo el expositor, con sus bolsos, sus maniquíes, su bisutería. Con impecable trabajo, sin ser su faena. Y sin quitarse el mono.


Esta es su ceremonia. No es que pretenda ser en realidad escaparatista, diseñador o vendedor en una tienda. Pero disfruta tanto o más con la restitución de los objetos al otro lado del vidrio. Es como si esa fase fuera parte imprescindible de su oficio. Él limpia un cristal para que resulte cómodo a los transeúntes el observar a través del mismo, para que puedan ver sus futuras prendas, sus regalos favoritos. Luego, el objetivo de Alfredo es el de dar máxima claridad desde el cristal hasta donde se pierda la vista, no vaya a ser que quite cada mota, cada releje, cada mancha, cada mano apoyada y resulte que no ha cuidado más allá, que hay algo mal colocado, que su transparencia deja ver entonces desperfectos, incoherencias...

 

Así que se entrega al ritual. Al principio comenzó todo como una ayuda al dependiente, un valor añadido a su trabajo, un detalle desinteresado. Poco a poco se ha convertido en algo más, en un proyecto. Ahora Alfredo aporta incluso mejoras respecto a cómo estaba colocado todo antes de comenzar a enjabonar. Es extremadamente cuidadoso. Y nadie se lo ha pedido, nadie lo ha contratado para eso. Pero sí, sí que lo han llamado para que limpie, pues lo que se pretende es que deje el campo de visión lo más aseado, así que eso hace: cuando ha recogido los bártulos de limpieza, se pone con los foquitos, reconfigura cada tiro de alumbrado, mejorando los campos de luz, aporta además bombillas de adecuada temperatura a la instalación. Continúa con los expositores, cuadra cada columna o reposa-prendas. Alinea los maniquíes. Mide y estudia de lejos, desde la calle, con todo cristalino. A veces se pone un traje verde oliva elegantísimo y pulcro —sin quitarse el mono, obvio— para colocar los artículos, limpérrimos, impolutos, clarísimos a la vista ahora. Alfredo es excelente.

 

Es entonces, cuando está a punto de fichar para marcharse con su cubo a otra parte, que se queda observando, desde dentro del escaparate, el mundo exterior. Y piensa que necesitará más de una buena jornada para arreglar esa composición que ve.

 

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