Agarrado a la vida
Llegó con un regalo. Estaba muy delgado el hombre. Saludó educadamente, se adentró en el vestíbulo, la etiqueta exigía traje y corbata pero también descalzarse en el recibidor. Todos los invitados lucían, dentro del salón, unas zapatillas de hotel color burdeos. Él no había soltado aún su presente, lo sujetaba con ambas manos, como si se lo fueran a arrebatar. Terminada la fiesta quiso largarse portando las babuchas prestadas, todavía con el paquete apretujado entre sus dedos. Y lo hizo. Se fue a su casa sin sus zapatos, con un autorregalo sobado. Cuando le llamó el cumpleañero, el flaco se excusó con extrañeces, negó toda culpabilidad, pese a que el colega le había telefoneado para saber si se encontraba bien. Le agradeció además su regalo que, aunque calzaba tres números más, ya los usaría con calcetines gordos, que todo bien, que gracias por los zapatos. Mientras tanto, el extraño tipo no era capaz de desprenderse de la cajita del lazo.
Acabó, muy poco tiempo después, por organizar él mismo otro evento, convidó a ciento y la madre. Llegaron en tropel y calzados de la calle. Todos traían algo, por mucho que el invitador dejara claro que viniesen con las manos vacías. La fiesta fue soporífera. A medida que salían escopeteados hacia sus hogares, él iba entregando un enser por cabeza. Que si una gabardina, que si una alfombra, que si una olla exprés. Momento muy random. Por no hacer el feo, todas y todos aceptaron llevarse algo. El último, un joven reochoncho, quiso el paquete enquilosado que portaba el raruno —¡todavía no lo había soltado!—, se negó a darle tal cosa pero le compensó con las llaves de su coche y tan contento que se fue el chaval. Debió gustarle al hombre el saraó porque repitió evento, aunque acudieron menos conocidos. Aun así, cuando hubo regalado todo objeto de su arquitectura, bajó a la calle y a la primera persona que se cruzó le dijo que la puerta de su casa estaba abierta, que había regalado hasta el bombín y el cerrojo. Que toda suya, si eso. La mujer flipaba, pero mira, se sacó un piso por la cara, la tía.
Y el tío, entretanto, regaló su ropa, sus gafas y la memoria, comenzó a contar anécdotas, a narrar recuerdos, olvidándolos al momento. Donó pelo y órganos, pasó a ser otra cosa, o ninguna cosa, mejor dicho. Y cuando no tuvo nada ni ya era nada más salvo un cuerpo vago y seco, se despidió y al hoyo.
Los tanatoprácticos recurrieron a una radial para extraerle una caja mohosa de sus brazos mortecinos. La policía forense no podía creer lo que vio cuando la abrió, era el mejor regalo de todos, ahí estaba, acurrucadito e impoluto: el sentido de la vida. Tanto se había aferrado el señor, que murió por codicia, por no compartir un secreto tan anhelado. Tampoco él quiso abrirlo, prefirió morir sin esa información tan tremenda, desprendiéndose de cualquier otra maula innecesaria. Y si no necesitas nada ni te interesa saber qué haces en este mundo, pues te vas a otro a ver qué tal.
Todo aquel que descubrió el interior de ese regalo vive más seguro, la gente se ha relajado, la muerte ya no es un problema de primera orden, ya lo saben todo. Aunque, es cierto, hay una picajosa sensación de que algo o alguien decide por ellos. Y es que el sentido de la vida, llanamente hablando, es: la do.
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