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Mostrando entradas de junio, 2026

Brownie de bote

Sí, sí, de bote. Envasado al vacío, esperando la despresurización. Qué rico, sin embargo, qué buen invento. En el futuro, que empezó antes de ayer, el alimento se embota. O se enlata. Las panificadoras cuecen pan integral y lo venden en conserva. Rebanadito, sí. Y las pizzas, en las latas de películas de 35 milímetros que ya se digitalizaron, e incluso en las cajas de otras que se perdieron. ¿Han escuchado alguna vez sobre una peli o una pintura que ya desapareció? Pues sus casas se habitan, pese a expirar sus habitantes. Se preparan caldos de bolsa, galletitas en tubo y paellas deshidratadas. Se vale, si hay vacío. Dijeron que todo esto era parte del programa espacial, que los que viajaran a Marte —viaje largo—, no tendrían tiempo de cocinar, de cultivar, que deberían dedicarse a sus cuentas y sus estiramientos y a embelesarse con los quásar. Que se sentirían más humanos con una alacena repleta de víveres industrializados, el tetris moderno de la decadencia consumista, un tapiz de col...

Cuando la memoria brilla por su ausencia

Cómo el tiempo había moldeado ese olvido. Había un vacío y también una obsesión por completar el eslabón metafísico, algo que había caído en el saco roto de la memoria, casi imposible de revelar. Un hueco entre recuerdos, pero un hueco, con su volumen y su insistencia. Y, como algunas fantasías, este olvido se había ido transformando y ya no se olvidaba como antes. Con el paso de los años se perdió su imagen, se extendió su duración y su silencio, se quebró la pena, mutó la nostalgia, se disfrazó de buen rollo. Todo ello, sobre la nada —es que lo que no se puede recordar no existe, pero merma—. Porque el olvido ocupa un lugar más tangible que el saber, impreciso e innecesario, pero ahí está. Descifrarlo es inventar el pasado.

Digno

Señor de treinta y tantos. Hace taitantos años sería considerado un señor mayor, hoy en día es como un chico maduro, para algunos incluso un chaval. Este hombre no es ni lo primero ni lo actual: es un viejo. Ha crecido en vida, en exceso. Está ajado por la intemperie perpetua, atrofiado por las incomodidades de lo marginal, molido y en los huesos. Aparenta el doble, está machacaó. Se levanta entre cartones y hace como que airea el colchón, pues en realidad nunca duerme encerrado. Se estira al alba —e incluso antes—, expone sus huesudas paletillas junto a la fuente, de la que luego da buena y fresca cuenta. Se sumerge, comenzando por sus negros pies y terminando por esa cabellera indomable unida a una cabeza sin prejuicios. No los tiene, como no tiene tiempo que perder —tampoco que ganar, él no piensa jamás en las horas—. No alberga preocupaciones, su ocupación es mantenerse en forma y pegar un bocado día sí dos días no. Regresa al callejón y alisa una sábana, barre colillas, es curioso...