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Media azafata

Azafata sencilla en avión pequeño. Está todo estudiado. El espacio se aprovecha compartiendo ángulos. Ahora las direcciones llevan a más de uno o dos lugares. Y ella se prepara ante el espejo del baño, del único baño. Y para tomar distancia y poder hacerse una buena coleta, la puerta debe permanecer abierta; es lo único que se puede hacer con un habitáculo de cincuenta por cincuenta centímetros. Todo esto deja a la vista el show. Los pasajeros—espectadores ven media azafata. Y un reflejo.

Viajes insólitos. Vol. 2

Comenzó como un juego. Pero es que jugar engancha, por eso hay ludópatas aferrados a la vida, enganchados a la felicidad. Su juego en concreto se inició cogiendo un autobús, circundando la ciudad. Sin más objetivo que realizar un trayecto. Sin destino, al menos, sin destino elegido. Sin anhelo de llegar. La gente —que la hay, existe y existirá— pensaría que la locura mandaba en su peripecia. Pero claro, ¡cómo saber de sus intenciones! Nadie observa tanto, a nadie le importa. Tras el inusual recorrido no quiso regresar, por el momento, a su hogar. ¿Quién le esperaba? Se le hacía raro incluso estacionarse, allá en un sofá, con todas las rutas por hacer. Agarró rápidamente un bus interprovincial, no miró parada alguna, tan solo se subió y casi en marcha. Después de ello tuvo que pillar un tren; y ya estaba recorriendo el país. Si se movía, si la vida le zarandeaba, todo adquiría significado. Sí, sí, todo. Se movió de un tren a otro. Luego unas líneas de metro, algún catamarán e incontable...

Buen provecho

Nos hemos deshecho de los cubiertos. Yo los he ido abandonando en los cubiletes de las cocinas de los bares, operando entre ausencias de camareros, cual ninja. Mi compañera los ha dejado caer en la basura, en la calle, con lamentos roncos, falsa adulación a la pérdida. También ha ido clavando tenedores por ahí. No queda nada, ni tristes cucharillas para el café, ni tan siquiera una espátula o un cucharón, ¡ni eso! Arranqué el compartimento del cajón y me deshice de sus guías con vehemencia, astillé la cocina toda y arañé los estantes, ya que estaba puesto. Conservamos una olla y dos sartenes, no he dicho nada de deshacernos de esto, esto no son cubiertos. Comemos con las manos, pelamos las patatas humeantes a pellizcos, desmigajamos el pollo, hundiendo nuestros dedos entre sus alas, alardeamos de engullir alubias a capazos, con la mano bien abierta. A veces prescindimos de los dedos, directamente abrimos bien la boca, y algo cae. Nos relamemos hasta el codo. Si no llegamos —que ya te d...

Sin quitarse el mono

Alfredo, el señor limpiacristales, que enjabona por dentro el escaparate, lo aclara, lo seca. Cuando lo ha apañado, coloca él mismo el expositor, con sus bolsos, sus maniquíes, su bisutería. Con impecable trabajo, sin ser su faena. Y sin quitarse el mono. Esta es su ceremonia. No es que pretenda ser en realidad escaparatista, diseñador o vendedor en una tienda. Pero disfruta tanto o más con la restitución de los objetos al otro lado del vidrio. Es como si esa fase fuera parte imprescindible de su oficio. Él limpia un cristal para que resulte cómodo a los transeúntes el observar a través del mismo, para que puedan ver sus futuras prendas, sus regalos favoritos. Luego, el objetivo de Alfredo es el de dar máxima claridad desde el cristal hasta donde se pierda la vista, no vaya a ser que quite cada mota, cada releje, cada mancha, cada mano apoyada y resulte que no ha cuidado más allá, que hay algo mal colocado, que su transparencia deja ver entonces desperfectos, incoherencias...   Así...

Sábados

Sucedió que pasó que ocurrió que de repente, sin previo aviso ni explicación, vinieron dos sábados seguidos. Era un curioso acontecimiento que los expertos habían comentado, la verdad, en algún simposio, de fin de semana, acerca de la dilatación de no se qué partículas de un ecosistema dado que, no sé, yo no estuve allí. A mí me lo contaron, pero entre otras cosas que dijeron, en una conversación tras otra y sobre otra, en algún bar ruidoso y bullicioso. De este bar sí que me acuerdo: qué pinchos, qué saber decorar, qué buena música, aunque no se escuchara bien. Al lío: que tras un sábado se vino otro.  Y la gente — ¿Pero cómo? ¿Otra vez sábado? Tenía planes para este domingo, que supongo, será mañana— , y a algunos les tocó ir a trabajar de nuevo. Y mira, adelantaron faena para el lunes pues habían hecho ya mucho el sábado anterior, ayer. Y algunos otros fueron a otros parques y a otros museos. Y mira, les vino bien conocer y visitar otras expos y pasear rincones poco frecuentados...

Eso está hecho

El hombre entra, saluda y se sienta en un taburete, en la barra. Agarra el periódico. Y, como siempre, contempla el gesto de Alfredo. Ese gesto. Lo hacen algunos o la mayoría de los camareros más curtidos. Este cliente cree firmemente que lo que hace su camarero —que es lo más de lo más— se trata de un gesto de seguridad que delata que es bueno, muy bueno. Que todo saldrá bien con él. Y ahí va otra vez Alfredo: tranquilamente, después de confirmar los deseos del hombre —café con leche y un bollito—, apoyado en la barra, realiza un breve y sutil despegue. Con un «venga» explícito o implícito, presiona levemente sobre el tablero y se impulsa hacia la máquina de café, la cocina, donde tenga que ir. Se lanza a su cometido, se va a hacer feliz al cliente. Es como una suave insinuación, una afirmación con todo el cuerpo. Como diciendo —Eso está hecho, vamos allá.    

Tres. De la serie Guiones (y Uno de la serie Calamidades Domésticas Insulsas)

Dejó de dormir. Y es que la cosa había ido a peor. Peor, por no dormir. Dormía cada vez menos desde que el mundo le resultaba más interesante. Prestar atención a cada noticia, acontecimiento o descubrimiento inspirador, favorecía que el cuerpo tardase en desconectar. La serotonina aparecía por la puerta al mismo tiempo que la melatonina terminaba derrotada, desterrada, confinada a... otro lugar del cerebro. Necesitaba aburrirse más. Mientras su alrededor fuera sugerente, no habría más noches, aunque sí más tiempo para crear. Y lo que hizo fue crear historias insulsas. Volcó su creatividad sobre la pantalla y se esforzó en narrar estúpidos cuentos anodinos y redundantes. Eliminaba todo dato de interés, desvelaba pronto el final e incluso a veces ni lo escribía. No, no eran finales abiertos, era hacer mal las cosas. Sus acciones, escenarios y personajes eran menos interesantes que la peor charla de ascensor. Leía sus escritos cada noche una y otra vez, con un monótono y pedante tono. Cua...