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Vivir sin medida

Llegaría a cocinar cincuenta y ocho formatos de croissants —pronúnciese  «cruasáns» —, refiriéndonos al tamaño. Exacto, algo muy preciso. Desde entonces ya no habría un croissant pequeño y uno grande. O, ni siquiera, unos mini u otros gigantes. Estos existirían, obvio, pero habría otros cincuenta y cuatro más. Tendríamos que elegir según el hambre que tuviéramos o la gracia que te hiciera su tamaño y número: —Póngame un dieciséis. Es que con el diecisiete me voy a pasar. De mayor quiero seguir siendo flaco —diría el cliente. Y pensar que solo habría una diferencia de tres o cuatro milímetros... Inapreciable y ridículo. Eso sí, el expositor del despacho luciría un degradado de piezas memorable. En el taller verías a ese panadero pesando cada mondongo esponjoso, como buen orfebre de la perfección, gran meticulosidad en la masa, una bollería única, no-industrial, operada en una mesa larga, con una regla numerada para no pasarse. Y ocurriría —momento incómodo—, que saldría una pieza en...

Brownie de bote

Sí, sí, de bote. Envasado al vacío, esperando la despresurización. Qué rico, sin embargo, qué buen invento. En el futuro, que empezó antes de ayer, el alimento se embota. O se enlata. Las panificadoras cuecen pan integral y lo venden en conserva. Rebanadito, sí. Y las pizzas, en las latas de películas de 35 milímetros que ya se digitalizaron, e incluso en las cajas de otras que se perdieron. ¿Han escuchado alguna vez sobre una peli o una pintura que ya desapareció? Pues sus casas se habitan, pese a expirar sus habitantes. Se preparan caldos de bolsa, galletitas en tubo y paellas deshidratadas. Se vale, si hay vacío. Dijeron que todo esto era parte del programa espacial, que los que viajaran a Marte —viaje largo—, no tendrían tiempo de cocinar, de cultivar, que deberían dedicarse a sus cuentas y sus estiramientos y a embelesarse con los quásar. Que se sentirían más humanos con una alacena repleta de víveres industrializados, el tetris moderno de la decadencia consumista, un tapiz de col...

Cuando la memoria brilla por su ausencia

Cómo el tiempo había moldeado ese olvido. Había un vacío y también una obsesión por completar el eslabón metafísico, algo que había caído en el saco roto de la memoria, casi imposible de revelar. Un hueco entre recuerdos, pero un hueco, con su volumen y su insistencia. Y, como algunas fantasías, este olvido se había ido transformando y ya no se olvidaba como antes. Con el paso de los años se perdió su imagen, se extendió su duración y su silencio, se quebró la pena, mutó la nostalgia, se disfrazó de buen rollo. Todo ello, sobre la nada —es que lo que no se puede recordar no existe, pero merma—. Porque el olvido ocupa un lugar más tangible que el saber, impreciso e innecesario, pero ahí está. Descifrarlo es inventar el pasado.

Digno

Señor de treinta y tantos. Hace taitantos años sería considerado un señor mayor, hoy en día es como un chico maduro, para algunos incluso un chaval. Este hombre no es ni lo primero ni lo actual: es un viejo. Ha crecido en vida, en exceso. Está ajado por la intemperie perpetua, atrofiado por las incomodidades de lo marginal, molido y en los huesos. Aparenta el doble, está machacaó. Se levanta entre cartones y hace como que airea el colchón, pues en realidad nunca duerme encerrado. Se estira al alba —e incluso antes—, expone sus huesudas paletillas junto a la fuente, de la que luego da buena y fresca cuenta. Se sumerge, comenzando por sus negros pies y terminando por esa cabellera indomable unida a una cabeza sin prejuicios. No los tiene, como no tiene tiempo que perder —tampoco que ganar, él no piensa jamás en las horas—. No alberga preocupaciones, su ocupación es mantenerse en forma y pegar un bocado día sí dos días no. Regresa al callejón y alisa una sábana, barre colillas, es curioso...

Media azafata

Azafata sencilla en avión pequeño. Está todo estudiado. El espacio se aprovecha compartiendo ángulos. Ahora las direcciones llevan a más de uno o dos lugares. Y ella se prepara ante el espejo del baño, del único baño. Y para tomar distancia y poder hacerse una buena coleta, la puerta debe permanecer abierta; es lo único que se puede hacer con un habitáculo de cincuenta por cincuenta centímetros. Todo esto deja a la vista el show. Los pasajeros—espectadores ven media azafata. Y un reflejo.

Viajes insólitos. Vol. 2

Comenzó como un juego. Pero es que jugar engancha, por eso hay ludópatas aferrados a la vida, enganchados a la felicidad. Su juego en concreto se inició cogiendo un autobús, circundando la ciudad. Sin más objetivo que realizar un trayecto. Sin destino, al menos, sin destino elegido. Sin anhelo de llegar. La gente —que la hay, existe y existirá— pensaría que la locura mandaba en su peripecia. Pero claro, ¡cómo saber de sus intenciones! Nadie observa tanto, a nadie le importa. Tras el inusual recorrido no quiso regresar, por el momento, a su hogar. ¿Quién le esperaba? Se le hacía raro incluso estacionarse, allá en un sofá, con todas las rutas por hacer. Agarró rápidamente un bus interprovincial, no miró parada alguna, tan solo se subió y casi en marcha. Después de ello tuvo que pillar un tren; y ya estaba recorriendo el país. Si se movía, si la vida le zarandeaba, todo adquiría significado. Sí, sí, todo. Se movió de un tren a otro. Luego unas líneas de metro, algún catamarán e incontable...

Buen provecho

Nos hemos deshecho de los cubiertos. Yo los he ido abandonando en los cubiletes de las cocinas de los bares, operando entre ausencias de camareros, cual ninja. Mi compañera los ha dejado caer en la basura, en la calle, con lamentos roncos, falsa adulación a la pérdida. También ha ido clavando tenedores por ahí. No queda nada, ni tristes cucharillas para el café, ni tan siquiera una espátula o un cucharón, ¡ni eso! Arranqué el compartimento del cajón y me deshice de sus guías con vehemencia, astillé la cocina toda y arañé los estantes, ya que estaba puesto. Conservamos una olla y dos sartenes, no he dicho nada de deshacernos de esto, esto no son cubiertos. Comemos con las manos, pelamos las patatas humeantes a pellizcos, desmigajamos el pollo, hundiendo nuestros dedos entre sus alas, alardeamos de engullir alubias a capazos, con la mano bien abierta. A veces prescindimos de los dedos, directamente abrimos bien la boca, y algo cae. Nos relamemos hasta el codo. Si no llegamos —que ya te d...