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Sesión discontinua

Llegaremos a Cabaniellas en unos 10 minutos  —suena la megafonía. Habremos recorrido la mitad del camino, estamos en el punto medio del intervalo estival. La ruta es el propio verano. Bueno, y las películas, claro, veremos tantas como nos permitan. Atardece y nuestro autobús recorre la sinuosa carretera de una de esas laderas espesas de verde y vaho, una de esas pendientes en las que, tensa, no puedes dejar de mirar abajo, de las que no paras de pensar en si el imprevisto o el arrebato humano de la conductora te precipitarán al abismo. Inés y yo debemos llevar unas dos horas sin hablar. Esta vez no nos hemos enfadado, es la mudez del desarraigo, un tiempo de reposo para nuestros cerebros; la última visita del viaje no ha resultado nada fácil de incorporar a nuestro diario, debe estar pensando en ello, como hago yo. Esta mañana hemos ido a un pueblo que costaba ubicar en el mapa, un lugar para alimentar muchos recuerdos nuevos de aquí al futuro. Solo se podía llegar caminando, tras ...

Homenaje a los descansos

La familia Ainsworth hacía ocasionales homenajes a los descansos. Consideradas de primera necesidad y gozo extremo las pausas, acometían con gran júbilo sus ceremonias. Había una contrariedad. Pues, aparte de los descansos propiamente dichos, no existía ni un minuto libre al día para homenajear nada. Y claro, si haces un descanso para homenajear el descanso mismo, se colapsa el Universo en una absurda redundancia nefasta. Así que iban alternando estrategias, un poco delictivas, eso sí. Jules, el mayor, propuso que los martes y los jueves lo harían durante la siesta del borrego. Al ser un descanso extra del día, dormían un rato y, otro rato, celebraban. Los miércoles y viernes canturreaban alabanzas y vítores mientras se ocupaban de sus queaceres laborales, como sugirieron Emily y Arthur, los papis. Los fines de semana eran más flexibles, sobre todo el domingo, que aprovechaban los oficios para pensar en sus cosas, en sus fiestas de descanso; daban las gracias, aunque no a Dios. A ver, ...

Vivir sin medida

Llegaría a cocinar cincuenta y ocho formatos de croissants —pronúnciese  «cruasáns» —, refiriéndonos al tamaño. Exacto, algo muy preciso. Desde entonces ya no habría un croissant pequeño y uno grande. O, ni siquiera, unos mini u otros gigantes. Estos existirían, obvio, pero habría otros cincuenta y cuatro más. Tendríamos que elegir según el hambre que tuviéramos o la gracia que te hiciera su tamaño y número: —Póngame un dieciséis. Es que con el diecisiete me voy a pasar. De mayor quiero seguir siendo flaco —diría el cliente. Y pensar que solo habría una diferencia de tres o cuatro milímetros... Inapreciable y ridículo. Eso sí, el expositor del despacho luciría un degradado de piezas memorable. En el taller verías a ese panadero pesando cada mondongo esponjoso, como buen orfebre de la perfección, gran meticulosidad en la masa, una bollería única, no-industrial, operada en una mesa larga, con una regla numerada para no pasarse. Y ocurriría —momento incómodo—, que saldría una pieza en...

Brownie de bote

Sí, sí, de bote. Envasado al vacío, esperando la despresurización. Qué rico, sin embargo, qué buen invento. En el futuro, que empezó antes de ayer, el alimento se embota. O se enlata. Las panificadoras cuecen pan integral y lo venden en conserva. Rebanadito, sí. Y las pizzas, en las latas de películas de 35 milímetros que ya se digitalizaron, e incluso en las cajas de otras que se perdieron. ¿Han escuchado alguna vez sobre una peli o una pintura que ya desapareció? Pues sus casas se habitan, pese a expirar sus habitantes. Se preparan caldos de bolsa, galletitas en tubo y paellas deshidratadas. Se vale, si hay vacío. Dijeron que todo esto era parte del programa espacial, que los que viajaran a Marte —viaje largo—, no tendrían tiempo de cocinar, de cultivar, que deberían dedicarse a sus cuentas y sus estiramientos y a embelesarse con los quásar. Que se sentirían más humanos con una alacena repleta de víveres industrializados, el tetris moderno de la decadencia consumista, un tapiz de col...

Cuando la memoria brilla por su ausencia

Cómo el tiempo había moldeado ese olvido. Había un vacío y también una obsesión por completar el eslabón metafísico, algo que había caído en el saco roto de la memoria, casi imposible de revelar. Un hueco entre recuerdos, pero un hueco, con su volumen y su insistencia. Y, como algunas fantasías, este olvido se había ido transformando y ya no se olvidaba como antes. Con el paso de los años se perdió su imagen, se extendió su duración y su silencio, se quebró la pena, mutó la nostalgia, se disfrazó de buen rollo. Todo ello, sobre la nada —es que lo que no se puede recordar no existe, pero merma—. Porque el olvido ocupa un lugar más tangible que el saber, impreciso e innecesario, pero ahí está. Descifrarlo es inventar el pasado.

Digno

Señor de treinta y tantos. Hace taitantos años sería considerado un señor mayor, hoy en día es como un chico maduro, para algunos incluso un chaval. Este hombre no es ni lo primero ni lo actual: es un viejo. Ha crecido en vida, en exceso. Está ajado por la intemperie perpetua, atrofiado por las incomodidades de lo marginal, molido y en los huesos. Aparenta el doble, está machacaó. Se levanta entre cartones y hace como que airea el colchón, pues en realidad nunca duerme encerrado. Se estira al alba —e incluso antes—, expone sus huesudas paletillas junto a la fuente, de la que luego da buena y fresca cuenta. Se sumerge, comenzando por sus negros pies y terminando por esa cabellera indomable unida a una cabeza sin prejuicios. No los tiene, como no tiene tiempo que perder —tampoco que ganar, él no piensa jamás en las horas—. No alberga preocupaciones, su ocupación es mantenerse en forma y pegar un bocado día sí dos días no. Regresa al callejón y alisa una sábana, barre colillas, es curioso...

Media azafata

Azafata sencilla en avión pequeño. Está todo estudiado. El espacio se aprovecha compartiendo ángulos. Ahora las direcciones llevan a más de uno o dos lugares. Y ella se prepara ante el espejo del baño, del único baño. Y para tomar distancia y poder hacerse una buena coleta, la puerta debe permanecer abierta; es lo único que se puede hacer con un habitáculo de cincuenta por cincuenta centímetros. Todo esto deja a la vista el show. Los pasajeros—espectadores ven media azafata. Y un reflejo.