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Sispinsi

El examen de hoy miércoles comenzaba con la pregunta «¿Qué hubiera pasado si...?» y luego la cuestión seguía desarrollando el hipotético escenario de unos meses a esta parte que, bueno, que si tal vez, que si depende de, que si sí, que si no sé, que si patatín, que si esto o que si lo otro, qui si isti i qui si li itri. Me he puesto a escribir, pero por escribir. Como al tuntún y a voleo. Me ha pillado así como vacío, como necio, con esa sensación de no haber estudiado nada o casi nada o ni eso, de unas semanas a esta parte. ¡Qué impotencia! Si yo me lo sabía. Si yi mi li sibíi... Decidí coger la materia de Especulación casi empujado a ello, ya que el resto de asignaturas andaban pilladísimas. En clase nos han enseñado a generar escenarios posibles ante una pseudo-realidad dada, cuando no dispones de toda la información que te otorga la historia, cuando no las tienes todas contigo. No es que pretendan que gane el más creativo o el más ingenioso. No. Realmente se trata de acercarse a la...

Indiscreción

Leer. Leer en el metro. Aprender a leer. Aprender a leer en el metro. Ensimismarse. Aprender a leer ensimismada en el metro. Escribir. Escribir caminando. Aprender. Aprender a caminar mientras se escribe. Escribir. No estas mismas palabras. Otras aprendidas. Leer las palabras de otro en el móvil. Aprender a soltar. Dejar ir, caminando, alejándose. Entrar en el metro. Leer la señalética. Comenzar a escribir una respuesta abstraída. Abstraerse. Se pasa el metro. Borrar lo escrito. Borrarlo de la pantalla. Jamás sobre el papel. Ensimismarse con el cierre de una frase. Subir a otro metro. Sentarse. Ver pasar las páginas. Leer en las páginas de otra. Indiscreción. Levantar la mirada. Enviar un mensaje. Cerrar el libro. Bloquear el móvil. Mirarse a los ojos. Leerse. Aprender a volver a empezar. Levantarse. Salir juntas. Ensimismarse caminando en la misma dirección. Abstraídas.  

Esa esquinita

Esa porción de realidad, que se desprende, que huye y deja tras de sí el pasado rasgado, renegado. Agarra la chica el fragmento indispuesto, dedos en pinza y algo de presión —ese gesto no aprendido, el de aprehender , el que te lleva a poder recuperar enseres planos de planicies—. Ese fragmento era hasta hace poco una esquina . Ahora es un trozo inservible de papelete, desvinculado de su origen, confuso en forma, minúsculo, centimétrico apenas. La chica se lleva la porción ambigua al entreojo, se embizca y arquea la frente. Sus pinzas de dedos prietos cazaron un objeto inanimado. Se dirige la chiquilla al aparador, próximo al yacimiento del papel. Sobre el mueble hay unos libros. Focault, Plath, cuadernillos Rubio. Y una libreta dejada oblicua, entreabierta, algo gastada. Algo de principio a mitad y casi poco o nada de mitad a final. Deposita con cuidado el fragmento en el aparador y se dedica luego a inspeccionar la libreta. Le falta un canto, repara. Y se dispone a repararlo, canturr...

Sesión discontinua

Llegaremos a Cabaniellas en unos 10 minutos  —suena la megafonía. Habremos recorrido la mitad del camino, estamos en el punto medio del intervalo estival. La ruta es el propio verano. Bueno, y las películas, claro, veremos tantas como nos permitan. Atardece y nuestro autobús recorre la sinuosa carretera de una de esas laderas espesas de verde y vaho, una de esas pendientes en las que, tensa, no puedes dejar de mirar abajo, de las que no paras de pensar en si el imprevisto o el arrebato humano de la conductora te precipitarán al abismo. Inés y yo debemos llevar unas dos horas sin hablar. Esta vez no nos hemos enfadado, es la mudez del desarraigo, un tiempo de reposo para nuestros cerebros; la última visita del viaje no ha resultado nada fácil de incorporar a nuestro diario, debe estar pensando en ello, como hago yo. Esta mañana hemos ido a un pueblo que costaba ubicar en el mapa, un lugar para alimentar muchos recuerdos nuevos de aquí al futuro. Solo se podía llegar caminando, tras ...

Homenaje a los descansos

La familia Ainsworth hacía ocasionales homenajes a los descansos. Consideradas de primera necesidad y gozo extremo las pausas, acometían con gran júbilo sus ceremonias. Había una contrariedad. Pues, aparte de los descansos propiamente dichos, no existía ni un minuto libre al día para homenajear nada. Y claro, si haces un descanso para homenajear el descanso mismo, se colapsa el Universo en una absurda redundancia nefasta. Así que iban alternando estrategias, un poco delictivas, eso sí. Jules, el mayor, propuso que los martes y los jueves lo harían durante la siesta del borrego. Al ser un descanso extra del día, dormían un rato y, otro rato, celebraban. Los miércoles y viernes canturreaban alabanzas y vítores mientras se ocupaban de sus queaceres laborales, como sugirieron Emily y Arthur, los papis. Los fines de semana eran más flexibles, sobre todo el domingo, que aprovechaban los oficios para pensar en sus cosas, en sus fiestas de descanso; daban las gracias, aunque no a Dios. A ver, ...

Vivir sin medida

Llegaría a cocinar cincuenta y ocho formatos de croissants —pronúnciese  «cruasáns» —, refiriéndonos al tamaño. Exacto, algo muy preciso. Desde entonces ya no habría un croissant pequeño y uno grande. O, ni siquiera, unos mini u otros gigantes. Estos existirían, obvio, pero habría otros cincuenta y cuatro más. Tendríamos que elegir según el hambre que tuviéramos o la gracia que te hiciera su tamaño y número: —Póngame un dieciséis. Es que con el diecisiete me voy a pasar. De mayor quiero seguir siendo flaco —diría el cliente. Y pensar que solo habría una diferencia de tres o cuatro milímetros... Inapreciable y ridículo. Eso sí, el expositor del despacho luciría un degradado de piezas memorable. En el taller verías a ese panadero pesando cada mondongo esponjoso, como buen orfebre de la perfección, gran meticulosidad en la masa, una bollería única, no-industrial, operada en una mesa larga, con una regla numerada para no pasarse. Y ocurriría —momento incómodo—, que saldría una pieza en...

Brownie de bote

Sí, sí, de bote. Envasado al vacío, esperando la despresurización. Qué rico, sin embargo, qué buen invento. En el futuro, que empezó antes de ayer, el alimento se embota. O se enlata. Las panificadoras cuecen pan integral y lo venden en conserva. Rebanadito, sí. Y las pizzas, en las latas de películas de 35 milímetros que ya se digitalizaron, e incluso en las cajas de otras que se perdieron. ¿Han escuchado alguna vez sobre una peli o una pintura que ya desapareció? Pues sus casas se habitan, pese a expirar sus habitantes. Se preparan caldos de bolsa, galletitas en tubo y paellas deshidratadas. Se vale, si hay vacío. Dijeron que todo esto era parte del programa espacial, que los que viajaran a Marte —viaje largo—, no tendrían tiempo de cocinar, de cultivar, que deberían dedicarse a sus cuentas y sus estiramientos y a embelesarse con los quásar. Que se sentirían más humanos con una alacena repleta de víveres industrializados, el tetris moderno de la decadencia consumista, un tapiz de col...