Vivir sin medida
Llegaría a cocinar cincuenta y ocho formatos de croissants —pronúnciese «cruasáns» —, refiriéndonos al tamaño. Exacto, algo muy preciso. Desde entonces ya no habría un croissant pequeño y uno grande. O, ni siquiera, unos mini u otros gigantes. Estos existirían, obvio, pero habría otros cincuenta y cuatro más. Tendríamos que elegir según el hambre que tuviéramos o la gracia que te hiciera su tamaño y número: —Póngame un dieciséis. Es que con el diecisiete me voy a pasar. De mayor quiero seguir siendo flaco —diría el cliente. Y pensar que solo habría una diferencia de tres o cuatro milímetros... Inapreciable y ridículo. Eso sí, el expositor del despacho luciría un degradado de piezas memorable. En el taller verías a ese panadero pesando cada mondongo esponjoso, como buen orfebre de la perfección, gran meticulosidad en la masa, una bollería única, no-industrial, operada en una mesa larga, con una regla numerada para no pasarse. Y ocurriría —momento incómodo—, que saldría una pieza en...