Sábados
Sucedió que pasó que ocurrió que de repente, sin previo aviso ni explicación, vinieron dos sábados seguidos. Era un curioso acontecimiento que los expertos habían comentado, la verdad, en algún simposio, de fin de semana, acerca de la dilatación de no se qué partículas de un ecosistema dado que, no sé, yo no estuve allí. A mí me lo contaron, pero entre otras cosas que dijeron, en una conversación tras otra y sobre otra, en algún bar ruidoso y bullicioso. De este bar sí que me acuerdo: qué pinchos, qué saber decorar, qué buena música, aunque no se escuchara bien.
Al lío: que tras un sábado se vino otro. Y la gente —¿Pero cómo? ¿Otra vez sábado? Tenía planes para este domingo, que supongo, será mañana—, y a algunos les tocó ir a trabajar de nuevo. Y mira, adelantaron faena para el lunes pues habían hecho ya mucho el sábado anterior, ayer. Y algunos otros fueron a otros parques y a otros museos. Y mira, les vino bien conocer y visitar otras expos y pasear rincones poco frecuentados o destinados a otra semana. Algunas y algunos otras y otros aprovecharon para quedar con esas personas pospuestas o difíciles de ver, e incluso con las indeseadas, para quitárselas de encima —mejor hacerlo en un sábado extra que no en un sábado raso, ordinario—. Y a veces coincidía que a todas y a todos les venía bien, fíjate tú. Y si no, cama. Y mira, durmieron lo suyo, recuperaron horas de sueño. Algunos planes de domingo, sí que es cierto, se vinieron al traste: grandes pasteles encargados y devueltos, una climatología desincronizada ya, misas pospuestas y trenes y aviones cancelados o confusos, viajes tímidos y calendarios a la basura.
Al lunes siguiente, la semana estaba ya más que descuadrada, diríamos desajustada. El fenómeno nos había descoordinado. Grandes pérdidas monetarias y mentales. Menos mal que nuestro bar bullicioso abría todos los días. Así que ni se notó. Alivio.
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