Cuando la memoria brilla por su ausencia
Cómo el tiempo había moldeado ese olvido.
Había un vacío y también una obsesión por completar el eslabón metafísico, algo que había caído en el saco roto de la memoria, casi imposible de revelar. Un hueco entre recuerdos, pero un hueco, con su volumen y su insistencia. Y, como algunas fantasías, este olvido se había ido transformando y ya no se olvidaba como antes.
Con el paso de los años se perdió su imagen, se extendió su duración y su silencio, se quebró la pena, mutó la nostalgia, se disfrazó de buen rollo. Todo ello, sobre la nada —es que lo que no se puede recordar no existe, pero merma—. Porque el olvido ocupa un lugar más tangible que el saber, impreciso e innecesario, pero ahí está.
Descifrarlo es inventar el pasado.
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