Buen provecho
Nos hemos deshecho de los cubiertos. Yo los he ido abandonando en los cubiletes de las cocinas de los bares, operando entre ausencias de camareros, cual ninja. Mi compañera los ha dejado caer en la basura, en la calle, con lamentos roncos, falsa adulación a la pérdida. También ha ido clavando tenedores por ahí.
No queda nada, ni tristes cucharillas para el café, ni tan siquiera una espátula o un cucharón, ¡ni eso! Arranqué el compartimento del cajón y me deshice de sus guías con vehemencia, astillé la cocina toda y arañé los estantes, ya que estaba puesto. Conservamos una olla y dos sartenes, no he dicho nada de deshacernos de esto, esto no son cubiertos.
Comemos con las manos, pelamos las patatas humeantes a pellizcos, desmigajamos el pollo, hundiendo nuestros dedos entre sus alas, alardeamos de engullir alubias a capazos, con la mano bien abierta. A veces prescindimos de los dedos, directamente abrimos bien la boca, y algo cae. Nos relamemos hasta el codo. Si no llegamos —que ya te digo yo que no se puede mordisquear uno su propio codo— nos ayudamos el uno a la otra.
Nos besamos sin cubiertos. Nos recorremos en la sobremesa, sin utensilios. Soy su servilleta, ella es como un mantel. Sobre ella soy alimento. Sobre mí, ella se sacia.
Nos comemos sin las manos, nos arañamos sin normas y tan solo quebrantamos el hambre. La siesta, enroscados como animales, es el provecho del mejor de los convites.
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