Viajes insólitos. Vol. 2
Comenzó como un juego. Pero es que jugar engancha, por eso hay ludópatas aferrados a la vida, enganchados a la felicidad. Su juego en concreto se inició cogiendo un autobús, circundando la ciudad. Sin más objetivo que realizar un trayecto. Sin destino, al menos, sin destino elegido. Sin anhelo de llegar. La gente —que la hay, existe y existirá— pensaría que la locura mandaba en su peripecia. Pero claro, ¡cómo saber de sus intenciones! Nadie observa tanto, a nadie le importa.
Tras el inusual recorrido no quiso regresar, por el momento, a su hogar. ¿Quién le esperaba? Se le hacía raro incluso estacionarse, allá en un sofá, con todas las rutas por hacer. Agarró rápidamente un bus interprovincial, no miró parada alguna, tan solo se subió y casi en marcha. Después de ello tuvo que pillar un tren; y ya estaba recorriendo el país. Si se movía, si la vida le zarandeaba, todo adquiría significado. Sí, sí, todo.
Se movió de un tren a otro. Luego unas líneas de metro, algún catamarán e incontables aviones. Ya no pudo dejar de hacerlo. Le había dado sentido al concepto más primitivo del viaje, el intervalo era su objetivo primordial, llegar dejó de ser un verbo apreciado en su diccionario, avanzar era la clave. Ir de un punto a otro era muy secundario, hasta se le diluía en el pensamiento la idea de inicio y final.
Rozó varias veces la ciudad, llegó a oler su casa, pero es que ya ni la reconocía. Su nuevo hogar era un desplazamiento, era otro lugar, era su cuerpo. Solo la posibilidad de detenerse le aterraba. Dejó de atender a los lugares, todo era lo mismo, porque ya nada existía, cualquier otra cosa era una pausa.
Alguien confesó haber conocido a este ser, que expresó a este alguien su mayor deseo: seguir viajando aun incluso después de morir, elevando la idea del viaje hasta las últimas consecuencias. Hace tiempo que no se tienen noticias de sus trasbordos. Se cree que sigue ahí, en la bodega de algún Airbus o el maletero de un taxi, en un intervalo eterno.
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