Brownie de bote


Sí, sí, de bote. Envasado al vacío, esperando la despresurización. Qué rico, sin embargo, qué buen invento.

En el futuro, que empezó antes de ayer, el alimento se embota. O se enlata. Las panificadoras cuecen pan integral y lo venden en conserva. Rebanadito, sí. Y las pizzas, en las latas de películas de 35 milímetros que ya se digitalizaron, e incluso en las cajas de otras que se perdieron. ¿Han escuchado alguna vez sobre una peli o una pintura que ya desapareció? Pues sus casas se habitan, pese a expirar sus habitantes.

Se preparan caldos de bolsa, galletitas en tubo y paellas deshidratadas. Se vale, si hay vacío.

Dijeron que todo esto era parte del programa espacial, que los que viajaran a Marte —viaje largo—, no tendrían tiempo de cocinar, de cultivar, que deberían dedicarse a sus cuentas y sus estiramientos y a embelesarse con los quásar. Que se sentirían más humanos con una alacena repleta de víveres industrializados, el tetris moderno de la decadencia consumista, un tapiz de colores para aprovisionarse, un supermercado del delirio, donde ya nada evocará las granjas, los campos, los fogones y el mantel de la yaya, pero arropará con nostalgia la ajetreada y abandonada vida de la urbe. Una vida procesada. Astronautas envasados, presurizados, con todo el vacío y la eternidad tras la esclusa.

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