Digno


Señor de treinta y tantos. Hace taitantos años sería considerado un señor mayor, hoy en día es como un chico maduro, para algunos incluso un chaval. Este hombre no es ni lo primero ni lo actual: es un viejo. Ha crecido en vida, en exceso. Está ajado por la intemperie perpetua, atrofiado por las incomodidades de lo marginal, molido y en los huesos. Aparenta el doble, está machacaó.

Se levanta entre cartones y hace como que airea el colchón, pues en realidad nunca duerme encerrado.

Se estira al alba —e incluso antes—, expone sus huesudas paletillas junto a la fuente, de la que luego da buena y fresca cuenta. Se sumerge, comenzando por sus negros pies y terminando por esa cabellera indomable unida a una cabeza sin prejuicios. No los tiene, como no tiene tiempo que perder —tampoco que ganar, él no piensa jamás en las horas—. No alberga preocupaciones, su ocupación es mantenerse en forma y pegar un bocado día sí dos días no.

Regresa al callejón y alisa una sábana, barre colillas, es curioso con su casa, que es un escaparate. Abre una caja de madera y extrae un traje. Se viste como un pincel. Se perfuma y repeina, se dice para sí que es un gran tipo.

Le perdemos de vista.

La avenida frecuenta otros transeúntes atribulados, la ciudad brota motores, vahos y vértigos.

Y allá en lo alto de aquélla azotea, una de tantas acristaladas pero una en concreto, ejerce la danza un hombre corriente; se abre de piernas sobre el tejado, junta sus puños, levanta su pómulo, arquea sus brazos. Se encoje. Se extiende. Le pone sentimiento. Coreografía posturas contemporáneas, maletín en mano, corbata al ralentí. Fruto de ninguna mirada, tal vez, se dedica a nada y a todo a la vez.

Es el mendigo ejecutivo de la séptima avenida.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Así, caminando

Buen provecho

Efecto mariposa