Vivir sin medida


Llegaría a cocinar cincuenta y ocho formatos de croissants —pronúnciese «cruasáns»—, refiriéndonos al tamaño. Exacto, algo muy preciso. Desde entonces ya no habría un croissant pequeño y uno grande. O, ni siquiera, unos mini u otros gigantes. Estos existirían, obvio, pero habría otros cincuenta y cuatro más.

Tendríamos que elegir según el hambre que tuviéramos o la gracia que te hiciera su tamaño y número:

—Póngame un dieciséis. Es que con el diecisiete me voy a pasar. De mayor quiero seguir siendo flaco—diría el cliente. Y pensar que solo habría una diferencia de tres o cuatro milímetros... Inapreciable y ridículo.

Eso sí, el expositor del despacho luciría un degradado de piezas memorable. En el taller verías a ese panadero pesando cada mondongo esponjoso, como buen orfebre de la perfección, gran meticulosidad en la masa, una bollería única, no-industrial, operada en una mesa larga, con una regla numerada para no pasarse. Y ocurriría —momento incómodo—, que saldría una pieza entre, por ejemplo, el cuarenta y uno y el cuarenta y dos: habría que descartarlo. Tal vez así comenzaría todo, con la obsesión de un obrador por conseguir sus croissants iguales, en origen le saldría por despiste alguno con un tamaño intermedio y lo bautizaría como el número dos. Pero seguiría ocurriendo y no le quedaría más remedio que ir ampliando la familia. En algún momento pensaría que habría que parar. Cuidaría mucho los extremos: finalmente el más grande mediría treinta y nueve centímetros, de ahí no debería pasar o no habría fin, cada día que se excediera en material sumaría una nueva pieza a la colección. De ser así los croissants crecerían y crecerían sin control, cuando alguno alcanzara los dos metros de largo sería contratado por el chef, sería la propia merienda la que le ayudaría en sus labores; el hombre la cogería de ayudante en el horno hasta que, claro, suele ocurrir, ¿qué esperabas?, el supercroissant se haría con el dominio y echaría al humano de su cocina, el descontrol mantequillero estaría servido y saldrían de su vientre croissants con tamaños intermedios jamás deseados, otros con tres cuernos e incluso rarezas con sabor a salmón, con guarnición, o los llamados en Castilla, afablemente, curasanes, y hasta unos pocos con ideologías veganas. Lo más raro sería lo habitual. La gente añoraría la época de los cincuenta y ocho croissants. A la gente le gusta lo antiguo.

Y allá iría nuestro panadero, desterrado y desharinado, comiéndose las sobras y los descartes del contenedor de los horrores, aquel del horno bizarro. Como catador de dulces excentricidades, nunca llegaría a nada, pero como humano raso habría aprendido a vivir sin medida.

 

 

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