Efecto mariposa


Se adentra el sol.

Se asoma, lo hace como puede. Aparece entre varias capas de nubes madrugadoras y busca con su luz la ciudad. La encuentra a resquicios y la baña por entregas.

Picotea el sol sobre la cima de la Catedral, se conforma con las migajas de algunos vértices de su piedra y musgo. Colorea aleatorias copas de ciertos leñosos, los de tallo alto, espabilando a los pájaros, patrocinando rumores matinales. Salpica alguna avenida, no todas, solo las que se pusieron primero, rasga el asfalto y dibuja líneas difusas y cambiantes, haces de after sobre coches que se marchan a la oficina. Espolvorea con su calor unos rostros, moteando sus pieles en los balcones de un undécimo piso, a ojos entornados de estos humanos, café en mano, a gustete tempranero.

Puntillea otros ojos, que no despertaron aún; se ha colado el sol por alguna rendija de alguna ventana, entre algún visillo y, sorteando diestramente un angosto pasillo —cómo es posible—, llega hasta el dormitorio y mancha sutil sobre una cama deshecha para la casa, aunque perfecta para quedarse un ratito más, solo un ratito más. Se atenúan y aprietan estos tintes, a capricho del cielo, apretujando los dos párpados de una muchacha, tornando su sueño colorado.

Desciende el ángulo luminario, se eleva el disco en el firmamento, se mueve con nuestra rotación terrestre, intensifica el calor sobre su cara, aprieta ella involuntariamente el ceño y, a punto de despertar al fin la chica, otro alguien, a tres kilómetros de ahí, entorna el ventanal de un despacho, tan solo un par de milímetros, una pequeña perturbación tan solo, que desplaza el reflejo sin querer. La incidencia del amanecer se va con sus fulgores a otra parte, se baja el dimmer en el dormitorio y...

...una horita más de sueño.

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