Homenaje a los descansos


La familia Ainsworth hacía ocasionales homenajes a los descansos. Consideradas de primera necesidad y gozo extremo las pausas, acometían con gran júbilo sus ceremonias.

Había una contrariedad. Pues, aparte de los descansos propiamente dichos, no existía ni un minuto libre al día para homenajear nada. Y claro, si haces un descanso para homenajear el descanso mismo, se colapsa el Universo en una absurda redundancia nefasta.

Así que iban alternando estrategias, un poco delictivas, eso sí. Jules, el mayor, propuso que los martes y los jueves lo harían durante la siesta del borrego. Al ser un descanso extra del día, dormían un rato y, otro rato, celebraban. Los miércoles y viernes canturreaban alabanzas y vítores mientras se ocupaban de sus queaceres laborales, como sugirieron Emily y Arthur, los papis. Los fines de semana eran más flexibles, sobre todo el domingo, que aprovechaban los oficios para pensar en sus cosas, en sus fiestas de descanso; daban las gracias, aunque no a Dios. A ver, esto estaría mal visto, pero es que a simple vista, no estaba mal. Los lunes, como resolvió inteligentemente la menor, Bethany, descansaban. De todo. Un día de no pensar en nada también es un homenaje para uno mismo.

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