Entradas

Mostrando entradas de marzo, 2026

Efecto mariposa

Se adentra el sol. Se asoma, lo hace como puede. Aparece entre varias capas de nubes madrugadoras y busca con su luz la ciudad. La encuentra a resquicios y la baña por entregas. Picotea el sol sobre la cima de la Catedral, se conforma con las migajas de algunos vértices de su piedra y musgo. Colorea aleatorias copas de ciertos leñosos, los de tallo alto, espabilando a los pájaros, patrocinando rumores matinales. Salpica alguna avenida, no todas, solo las que se pusieron primero, rasga el asfalto y dibuja líneas difusas y cambiantes, haces de after sobre coches que se marchan a la oficina. Espolvorea con su calor unos rostros, moteando sus pieles en los balcones de un undécimo piso, a ojos entornados de estos humanos, café en mano, a gustete tempranero. Puntillea otros ojos, que no despertaron aún; se ha colado el sol por alguna rendija de alguna ventana, entre algún visillo y, sorteando diestramente un angosto pasillo —cómo es posible—, llega hasta el dormitorio y mancha sutil sobre un...

Predecir el pasado

De tanto esforzarnos, finalmente seremos capaces de ver el futuro. Será un raro y bendito don. Al poder adelantarse a los acontecimientos, los humanos encontrarán buenas ventajas para sus días venideros. Chocando, eso sí, con los planes de otros, que desearán objetivos similares en tiempo, espacio y relación calidad —cantidad— precio de similar índole. No nos engañemos, todo no se puede. Ni todo a la vez. Ni para todas ni todos. Cuando esto suceda, los hasta entonces videntes se dedicarán a otra cosa. ¡ Qué sentido tendrá cobrar por lo que sabrá hacer todo el mundo! Fue en ese futuro que hubo, eso sí, alguien que encontró la oportunidad y se dedicó a leer el pasado. Oye, se hizo de oro. Se le amontonaban los profetas para conocer sus raíces, o saber qué hicieron ayer. Esta persona les ayudaba a recordar. Y cobraba lo suyo. Mientras tanto, ya nadie piensa en el presente, considerado ahora como una utopía extraña. Muy actual.  

Tres. De la serie Modo Avión

Durante el viaje de regreso, decenas de pasajeros duermen, otras decenas están a sus pantallas y otras tantas decenas, de miles de metros, les separan a todos del suelo. Ágata regresa a un lugar al que hace años le prometió un reencuentro y, como el tiempo es eterno, los lugares siempre esperan. Relajada al fin de tantos meses de trabajo, guarda y ancla el carrito de los snacks, cuelga y alisa su chaqueta, y comienza a deshacer su coleta, para hacer otra cosa. O para, ella no lo sabe todavía, enredar más las cosas. ¿Para qué vuelves, Ágata? ¿Quién te ha pedido retorcer más el pasado? Sus compañeros de la tripulación deben ayudarla a sostenerse el pelo y evitar que se desnuque. La melena cae pesada al suelo. Desestabiliza el horizonte del aparato, desestabiliza a más de un soltero, a dos casados y a tres chicas modernas. Comienza la trenza. Les faltan manos. Les ayudan los de primera clase, se coordinan para pasar cada mata, enroscan y tejen, estirando el pelo. Que ya llega a segunda. Y...

Danza muy especial

Expedición a Saturno. O a otro planeta. Es de noche, o eso parece. Si es que se trata de un cielo, está verde oscuro. Los astronautas saben que van a ser recibidos por seres extraterrestres —serían extra allí, en La Tierra, allí estarían  fuera de , aquí juegan en su casa—. Nuestros tripulantes espaciales — nuestros por afinidad humana, por mera identificación— llegan y realizan las maniobras protocolarias previas a la excursión exterior. Despresurizan la cabina y tal y tal. Los saturnianos esperan. Dignos. Primero los tripulantes terráqueos comunican con sonidos, luces y pausas dramáticas siderales. Después ya abren compuertas, ponen luces blancas de contra y bajan ordenados, ceremoniosos, también vivarachos. Descienden la rampa y se van colocando alineados, frente al comité de bienvenida. Llevan puestas sus escafandras y sus cascos todavía, no es cuestión de respirar a la ligera. De repente, levantan al unísono el brazo izquierdo. Luego giran sus cuellos, mirando hacia la derech...

Toquismiquis

Dirán que tengo manías, que mi enfermizo trastorno va más allá de perseguir la perfección —irremediablemente inalcanzable, dicen—, que soy un puntilloso de mierda que no hace más que evidenciar los detallitos inapreciables que hacen, supuestamente, este mundo inseguro y catastrófico. Y es verdad. Compulsivamente reitero apreciaciones ridículas sobre asuntos o cuestiones que para otros son una nadería. Obsesivamente trato de generar en mi entorno un círculo amplísimo de hiperconfort, supratranquilidad e hipermegaorden. Tengo toqui toqui y to lo que toco me quita la vida, me ataca, me toca los cataplines, me da taquicardia. Toquismiquis (Del lat. Mediev. Tochi michi ). Soy predicibilillo, se me ve venir. Me unto de hidrogel, me baño en gel. Mi casa es de gel. Mi apellido es Remilgado. Y mi nombre no es Rarito. Pero lo soy. Y esto ni me mola ni me dismola pero, eso sí, me ofrece una ventaja particular: el hecho de centrarme en los detalles, de intentar ser excelente, hace que disfrute c...

Escaleras

Esas escaleras. Que ni suben ni bajan. Su función es otra, o así lo han decidido. Ahora son almacén o son expositor de feria. Son una instalación que imposibilita que sean otra cosa. Y la cosa comenzó con unas sillas. Una cadena de sillas que subían, o bajaban, que se quedaron amontonadas ahí, entre y sobre los escalones de esta escalera. Al ver el conjunto, no sabrías si quieres sentarte o subir y/o bajar. Pero es que no puedes hacer nada, porque todo, todo, está bloqueado. Ya no hay escalones. Solo hay amasijo de sillas, unas sobre otras. Tanto las que subían como las que bajaban. Ahí están. Tampoco se puede hacer nada, entre otras razones, porque ya nadie accede a la zona. Y es que no se puede: desde abajo, no se puede subir, desde arriba, ya nadie puede observar. Si es que alguien subió hace años, de seguro ahora está ya muerto. ¿Habrá incluso humanos, o esqueletos de humanos, o estructuras de otras sillas debajo de toda la maraña? Solo se puede afirmar que hubo unas escaleras y si...