Tres. De la serie Modo Avión


Durante el viaje de regreso, decenas de pasajeros duermen, otras decenas están a sus pantallas y otras tantas decenas, de miles de metros, les separan a todos del suelo.

Ágata regresa a un lugar al que hace años le prometió un reencuentro y, como el tiempo es eterno, los lugares siempre esperan. Relajada al fin de tantos meses de trabajo, guarda y ancla el carrito de los snacks, cuelga y alisa su chaqueta, y comienza a deshacer su coleta, para hacer otra cosa. O para, ella no lo sabe todavía, enredar más las cosas. ¿Para qué vuelves, Ágata? ¿Quién te ha pedido retorcer más el pasado?

Sus compañeros de la tripulación deben ayudarla a sostenerse el pelo y evitar que se desnuque. La melena cae pesada al suelo. Desestabiliza el horizonte del aparato, desestabiliza a más de un soltero, a dos casados y a tres chicas modernas.

Comienza la trenza. Les faltan manos. Les ayudan los de primera clase, se coordinan para pasar cada mata, enroscan y tejen, estirando el pelo. Que ya llega a segunda. Y hacen turnos para entrenzar cada sección, un señor colabora haciendo, a modo de canasto, su parte, mientras es desplazado de su asiento, empujado por la cabellera indomable. Y ya es todo el pasaje, a lo largo de veintisiete metros, alisando y tensando. Una trenza inusual, en un avión que se torsiona y se retuerce, haciendo saltar remaches, chalecos y cables, anudándose sobre sí mismo, atando cabos de esta pelambre infinita, peinando los recuerdos, que se estrujan en el cerebro de Ágata.

Se trenza el Boeing, se peina el cielo, se giran los planes. Y ya nadie espera en tierra.

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