Toquismiquis
Dirán que tengo manías, que mi enfermizo trastorno va más allá de perseguir la perfección —irremediablemente inalcanzable, dicen—, que soy un puntilloso de mierda que no hace más que evidenciar los detallitos inapreciables que hacen, supuestamente, este mundo inseguro y catastrófico.
Y es verdad. Compulsivamente reitero apreciaciones ridículas sobre asuntos o cuestiones que para otros son una nadería. Obsesivamente trato de generar en mi entorno un círculo amplísimo de hiperconfort, supratranquilidad e hipermegaorden.
Tengo toqui toqui y to lo que toco me quita la vida, me ataca, me toca los cataplines, me da taquicardia. Toquismiquis (Del lat. Mediev. Tochi michi). Soy predicibilillo, se me ve venir. Me unto de hidrogel, me baño en gel. Mi casa es de gel.
Mi apellido es Remilgado. Y mi nombre no es Rarito. Pero lo soy. Y esto ni me mola ni me dismola pero, eso sí, me ofrece una ventaja particular: el hecho de centrarme en los detalles, de intentar ser excelente, hace que disfrute como nadie de las tareas repetitivas. Me reitero: disfruto de lo repetitivo. Me repito, me la reitera lo que piensen los que se cansan de que cada día parezca el de la Marmota. «Oki toki», les digo.
Y hoy en día, que todo es rutina, este toc es casi como que te toque la lotería.
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