Esa esquinita
Esa porción de realidad, que se desprende, que huye y deja tras de sí el pasado rasgado, renegado. Agarra la chica el fragmento indispuesto, dedos en pinza y algo de presión —ese gesto no aprendido, el de aprehender , el que te lleva a poder recuperar enseres planos de planicies—. Ese fragmento era hasta hace poco una esquina . Ahora es un trozo inservible de papelete, desvinculado de su origen, confuso en forma, minúsculo, centimétrico apenas. La chica se lleva la porción ambigua al entreojo, se embizca y arquea la frente. Sus pinzas de dedos prietos cazaron un objeto inanimado. Se dirige la chiquilla al aparador, próximo al yacimiento del papel. Sobre el mueble hay unos libros. Focault, Plath, cuadernillos Rubio. Y una libreta dejada oblicua, entreabierta, algo gastada. Algo de principio a mitad y casi poco o nada de mitad a final. Deposita con cuidado el fragmento en el aparador y se dedica luego a inspeccionar la libreta. Le falta un canto, repara. Y se dispone a repararlo, canturr...