Agarrado a la vida
Llegó con un regalo. Estaba muy delgado el hombre. Saludó educadamente, se adentró en el vestíbulo, la etiqueta exigía traje y corbata pero también descalzarse en el recibidor. Todos los invitados lucían, dentro del salón, unas zapatillas de hotel color burdeos. Él no había soltado aún su presente, lo sujetaba con ambas manos, como si se lo fueran a arrebatar. Terminada la fiesta quiso largarse portando las babuchas prestadas, todavía con el paquete apretujado entre sus dedos. Y lo hizo. Se fue a su casa sin sus zapatos, con un autorregalo sobado. Cuando le llamó el cumpleañero, el flaco se excusó con extrañeces, negó toda culpabilidad, pese a que el colega le había telefoneado para saber si se encontraba bien. Le agradeció además su regalo que, aunque calzaba tres números más, ya los usaría con calcetines gordos, que todo bien, que gracias por los zapatos. Mientras tanto, el extraño tipo no era capaz de desprenderse de la cajita del lazo. Acabó, muy poco tiempo después, por organizar ...